Era rojo entonces
como el rubor, como la ira.
Guardaba aleteos de deseo
y languidez de desencantos.
Era rojo entonces
como la pasión, como el infierno.
Como debía ser la espera y el anhelo
de las novias veladas, de las viudas pretéritas.
Era un tierno galeón con tesoros secretos,
navegando en la quietud de un tiempo diferente
con honduras de paciencia
y requiebros de sobres
con terciopelo azul por dentro.
© Ana di Cesare




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